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¿La muerte de Rafael Orozco fue vengada por Pablo Escobar?

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¿Cuáles fueron los detalles de la muerte de uno de los máximos ídolos del vallenato? ¿Por qué mataron a Rafael Orozco? ¿Tuvo algo que ver el narcotráfico con su crimen? Esta es la historia.

De Rafa se comenta que alcanzó los registros vocales más altos en la historia del vallenato.

De Rafa se puede ver en los videos que se vestía igual que su compadre y compañero El Pollo Irra, cuando interpretaban "La Creciente", "Un Llanto de un Rey", "No Pasará lo Mismo" o "Colombia". De amarillo, blanco, rosado o dorado lucían tan elegantes y coloridos que se observaba a leguas que no descuidaban ningún detalle.

De Rafa se sabe que, desde 1976 a 1992, grabó 21 álbumes y más de 200 canciones con El Binomio de Oro.

De Rafa se cuenta que era hincha del Junior y que amaba como ninguno el fútbol, incluso jugaba hasta dos veces a la semana.

Pero lo que no se sabe con detalle de Rafa es por qué y cómo murió.

Así sucedió todo.

Antes de la tormenta

En la crónica “Sus últimas horas”, publicada en la página de Facebook “Para los que adoran la música de Rafael Orozco”, se cuenta que aquel jueves 11 de junio de 1992, día en que murió, Rafael se levantó a las 6:00 a.m. para despedir a sus hijas que se iban a estudiar.

Loraine tenía cuatro años, Wendy, once, y Kelly Joana, la mayor, catorce años.

El esposo de Clara Elena Cabello había vuelto de una gira musical por Venezuela en la que había durado un mes.

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Foto: El Universal - Colprensa
Clara Cabello, viuda de Rafael Orozco.

Se relata, pero no se sabe a ciencia cierta, que pasó toda la mañana atendiendo llamadas hasta que sus hijas volvieron de estudiar del Colegio Marymount de Barranquilla.

También se afirma que Kelly había terminado clases y entonces sus padres decidieron celebrar.

Un grande nubarrón se hace en el cielo

“Estábamos en la casa compartiendo con los amiguitos de Kelly y llegan dos muchachos del grupo que trabajaban como utileros a buscarlo, le dije (a Rafael): ‘diles que vengan mañana’”, recordó Clara en una entrevista concedida al programa Se Dice De Mí, antes de dejar a todos en suspenso.

Resulta que timbraron Francisco Manuel Corena y Alfonso Ariza De la Hoz. Ellos conocían a Rafa, venían a pedirle dinero y a solicitarle prestadas unas tumbadoras.

Cuando de la nada diez estruendos rompieron el festejo y cambiaron para siempre la historia del vallenato.

Un hombre disparó una decena de tiros contra el músico y lo impactó en nueve oportunidades. Uno de los utileros declaró días después, para el periodista Ernesto McCausland, que el asesino no medió palabras y Rafa no tuvo tiempo de decir nada, el homicida apuntó directo a la cabeza y atinó.

Después de eso todo fue confusión.

“Cuando yo salgo (…) yo lo cojo y lo miro y él no me dice nada. Me ayudan a montarlo al carro y de ahí no me acuerdo de nada, lo que sé es porque me lo dicen”, relató Clara a Caracol Televisión en medio de lágrimas en Se Dice De Mí.

El cantante de vallenato, nacido en Becerril, fue dado por muerto a las 10:00 p.m. de aquel ominoso día en la Clínica Caribe, al norte de la ciudad.

El sol se escondió

“Yo creo que hasta la naturaleza sintió la muerte de mi compadre porque en ese día el sol no salió para nada”, dijo Israel Romero Ospino a McCausland, al poco tiempo de todo.

El entierro de Rafael fue multitudinario, se cree que ha sido el más grande para un artista en Colombia.

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Foto: Colprensa
Álbum conmemorativo con la mejor música de Rafael Orozco

Los fanáticos destruyeron la funeraria. Tuvieron que cambiar cuatro veces de lugar para hacer el sepelio. Terminaron velando a Rafael en el coliseo de Barranquilla.

Se hicieron funerales simbólicos en Valledupar y Maracaibo (Venezuela), así de grande fue el impacto de la muerte de Orozco para sus seguidores.

Después de la tempestad viene más tempestad

Tras la muerte del intérprete, los autores del homicidio hicieron todo lo posible por enlodar su memoria con mentiras y deshonras.

Se inventaron testigos falsos, lo acusaron de lavar dinero para la mafia, propagaron falsedades, pero toda la verdad salió a la luz: Rafael fue asesinado por un enredo amoroso.

Parece que el miembro de El Binomio de Oro había entablado una relación extramatrimonial con María Angélica Navarro, de 23 años, a quien había conocido en el bazar de un colegio.

Esta mujer sostenía algún tipo de relación con José Reynaldo Fiallo Jácome, alias Nano, un narcotraficante miembro del Cartel de la Costa Atlántica, quien fue el autor intelectual del delito.

Pero antes de que se supiera esto, Francisco Manuel Corena, el utilero que presenció todo, inculpó a Jorge Navarro Insignares, padre de María Angélica, diciendo que había sido aquel hombre quien disparó.

Por este testimonio, la Fiscalía metió a la cárcel a Navarro Insignares durante nueve meses.

Aquella versión se rindió el 4 de agosto de 1992, después de esto los testigos Alfonso Ariza y Francisco Javier Corena nunca más volvieron a ser vistos. Se presume que fueron asesinados.

Pero entonces, ¿quién disparó el arma?

Meses después, el 18 de noviembre de 1992, José Reynaldo Fiallo Jácome fue baleado en el restaurante Casa Vieja, en la vía Las Palmas en Medellín, junto al guardaespaldas Sergio Adolfo González Torres, alias Tato, quien fue el autor material de la muerte de Rafa.

En aquella escena del crimen fue encontrada un arma Heckler & Koch, con la que dispararon dos balas extraídas del cuerpo de Rafael Orozco, según los informes de la Fiscalía.

Cabe señalar que Víctor Herrera Ortega, un celador que presenció la muerte del cantante vallenato, también desapareció en extrañas circunstancias, luego de haber dado su versión del delito a la Policía.

Cesó el temporal

“Rafael Orozco no murió por problemas del narcotráfico, decirlo es una infamia. Rafael Orozco murió por líos de faldas y lo mató un narcotraficante. Para un acto de justicia, entre comillas, ese que mató a Rafael Orozco fue ejecutado por Pablo Escobar”, afirmó Tomás Darío Gutiérrez, pariente, amigo y abogado de Rafa.

El 19 de agosto de 1998, Jorge Navarro Insignares, Francisco Manuel Corena Moreno y Alfonso Ariza De la Hoz fueron absueltos por el Juzgado 4° Penal del Circuito.

Casi 27 años después de la muerte de Rafael José Orozco Maestre, su cuerpo reposa en el cementerio Jardines del Recuerdo de Barranquilla. Al lado de su tumba, un viejo árbol, que antes hacía sombra, fue cortado por la mitad.

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Foto: Felipe Laverde Salamanca
Tumba de Rafael Orozco, Cementerio Jardines del Recuerdo

Todo cambió: la dirección de la antigua casa donde le dispararon, el mensaje de su lápida y las calles del cementerio, que algún día estuvieron atestadas de gente, hoy solo guardan el rumor del viento.

Rafa descansa tranquilo al lado de Alfonso Rojas Barros y Aaron David Carranza Cabello, un par de sus familiares. Y es así porque después de la penumbra, el sol canicular pega duro en Barranquilla y donde quiera que él esté, seguro sabe que por fin se supo toda la verdad de su muerte.

Paz para siempre, Rafael Orozco.

Por: Felipe Laverde Salamanca - Periodista

El vallenato: el género que nunca muere

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El vallenato comenzó en la costa hace más de cien años y hoy en día, es un género musical que traspasa fronteras. No es una casualidad que haya sido declarado por la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, ni que, gracias a sus melodías y ritmos, haya logrado que en todas las regiones de Colombia acompañe una parranda o un despecho.

Que un género musical perdure por más de un siglo, no es solo porque sus canciones clásicas hoy en día reúnan millones de reproducciones en Youtube o, porque aparezcan exponentes que le aportan algo nuevo al género.

Detrás de que el vallenato se conserve a lo largo de los años, hay algo que va más allá de un concierto, un nuevo disco o una canción que pegue en la radio: los niños que aprenden a tocar un acordeón y, de paso, conservan la historia de los grandes juglares de la música.

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Las nuevas generaciones se nutren de la historia vallenata desde sus primeros años y conservan la tradición del acordeón, la caja y la guacharaca. Que un niño interprete canciones de Diomedes Díaz, Alejo Durán, Rafael Escalona, entre otros, ya de entrada, evita que estos nombres queden en el olvido.

Con los años la llegada de los niños en el género ha ido cambiando. Antes, el acordeón era sinónimo de bebidas y descontrol. Los juglares acompañaban las parrandas con chirrinchi y pasaban horas entre tragos y notas musicales, lo que llevaba a los padres a evitar este camino para sus hijos.

Pero con el tiempo todo ha tomado otro rumbo y ahora, son los padres quienes se animan a llevar a sus hijos a que aprendan a tocar el acordeón o los incitan a que conformen una parranda vallenata.

Carlos Díaz, director de Sendero de Acordeones, ha sido testigo de esto. Desde 1999 ha enseñado a niños desde los 5 años a tocar acordeón e incluso, ha recibido a mayores de 60 años, quienes algún día tuvieron el sueño de dominar este instrumento y por cosas de la vida no lo lograron.

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El guajiro, sobrino de Leandro Díaz y bisnieto de José Dolores Brito ha dedicado las últimas dos décadas a que la música vallenata no pierda vigencia y lo ha hecho a través de las nuevas generaciones.

“Una de las fórmulas para que el vallenato no se acabe son las escuelas tradicionales de música vallenata, trabajamos por el rescate de las raíces de este género musical. Por el peso del acordeón, empezamos con niños entre los 5 y 6 años en adelante, quienes aprenden paso a paso cómo dominar este instrumento”.

En el proceso aprenden también sobre la historia del acordeón y cómo este instrumento entró por La Guajira, hablan de los grandes exponentes de la música vallenata y conocen cuál es la técnica que debe usar para ubicar correctamente los dedos en el teclado.

‘Te necesito’ y ‘María Espejo’, ambas canciones de Diomedes Díaz son las favoritas para comenzar a tocar un acordeón, por la suavidad de sus notas. Pero cuando el nivel avanza, una puya se atraviesa en el camino y el ritmo del acordeón empieza a tener una exigencia más alta.

“Si de vallenato se trata, a nadie le cerramos las puertas. Hoy en día tenemos a un niño 100% wayuu y aunque conserva las notas del acordeón, interpreta las canciones en wayuunaiki. También tenemos a un niño con síndrome de down, que no solo domina el acordeón, sino que lo canta perfectamente”.

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También destaca la labor de las mujeres, ese género que hace años, por cuestiones machistas, era discriminado en esta industria musical.

“En otros tiempos, los papás no dejaban que las niñas ejecutaran el acordeón, porque según ellos, era un instrumento para hombres. Desde la época de Patricia Teherán, este género revolucionó el vallenato, aunque desde mucho antes varias mujeres venían con la idea de meterse a esta industria. Hoy en día las veo en tarima y siento que han dejado claro que tiene una actitud envidiable. Bailan y gozan de una manera tan alegre, que sin darse cuenta les han ayudado a los hombres a mejorar sus presentaciones”.

Si hay un consejo que Carlos le puede dar a los pequeños talentos es que persigan sus sueños. No a todos los niños de la costa les debe gustar el vallenato, ni tiene que aprender a tocar acordeón, pero  si lo tienen en mente, no deben dudar en hacerlo, pues gracias a su aporte, este género no perderá vigencia.

Por: Carolina Vergara López - Periodista

Diomedes Díaz, el artista más grande que ha parido la música vallenata

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Su grandeza no solo se mide en ventas ni en datos, sino en la generosidad que tuvo con su familia y su fanaticada.

"¡Ay! El 26 del mes de mayo nació un niñito en el año 57 y allá en La Junta fue bautizado y hoy se conoce con el nombre de Diomedes".

Siendo uno de los mejores compositores en la historia de la música vallenata, El Cacique de La Junta les cantó a la familia, a las mujeres, al amor, a la tristeza, al desamor, a la fiesta y al fútbol, entre otros.

Reconocimientos, polémicas, excentricidades fueron algunos de los pilares en la vida de Diomedes Díaz, un hombre que aterrizó en La Junta, San Juan del Cesar, La Guajira, Colombia para convertirse en un auténtico, y quizás único, rockstar que ha parido Colombia en su historia.

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Su éxito no fue cuestión de casualidad. Dios y la Virgen, dos de sus 'grandes amigos', lo premiaron con un talento innato y un carisma único que lo llevaron a trascender de generación en generación al punto de que, para su familia y sus seguidores, sigue vivo en sus corazones, el alma, retumbando fuertemente, pues su música seguirá vigente siempre.

Luis Alfredo Sierra, amigo de Diomedes y conocido como 'el hombre que sopla la F10', y su hermano Élver Díaz cuentan historias honran la grandeza de El Cacique de La Junta.

Diomedes tenía un don mayor que las demás personas, rememora Sierra. El Cacique y su acordeonero Juancho Rois tenían una presentación privada en El Tigre, Venezuela, a la que el cantante no asistió aduciendo que con lo que ganaban no tenían la necesidad de asistir a ese show. El final fue trágico, Rois falleció en un accidente aéreo cuando se viajaba a ese evento privado. En el siniestro también fallecieron dos integrantes de la agrupación de Diomedes Díaz: el bajista Rangel 'el Maño' Torres y el técnico de acordeones Eudes Granados Córdoba, además del piloto. El nacido en La Junta no asistió al entierro de su amigo, pues había entrado en una profunda depresión por lo sucedido.

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Según Élver Díaz, cuando él tenía doce años, su hermano siempre lo mandaba a comprar cerveza a dos cuadras de la casa. En un momento en el que el pequeño ya estaba muy cansado de hacer este recorrido, le propuso a Diomedes montar una tienda para que él la vendiera y evitara la fatiga de ir cada rato por el mandado. Media hora después, salió El Cacique cantando el inicio de "Los recuerdos de ella", tema que se volvió un éxito nacional. Con el tiempo, el artista la inscribió a nombre de Élver porque fue él quien le llevó la melodía y dio la idea de la temática general de la canción.

Diomedes era un enamorador y romántico de tiempo completo. No distinguía color, edad, raza, clase social. "Tuvo las mujeres que se le dio la gana. Quizás más feas que bonitas. Siempre perseguía a las más feas porque, según el mismo artista 'eran las más sanas, pues nadie las volteaba a ver'. Al final todas se iban contentísimas. ¿Qué les daba? No sé, se las dejo ahí", comenta Luis Alfredo Sierra. De sus relaciones maritales y extramaritales tuvo 28 hijos reconocidos de manera oficial. Sin embargo, todavía hay varios que pelean el apellido Díaz.

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Los Diomedistas son fieles y conservan el legado de El Cacique a como dé lugar. "Ellos mantienen vigente la música de Diomedes así ya no esté vivo, celebran por lo alto un 26 de mayo, día de su nacimiento; le rinden tributo los 22 de diciembre, fecha de su fallecimiento". Muchos lo lloran, otros festejan tomando y escuchando sus canciones, pero siempre lo tienen presente", asegura Élver Díaz. Diomedes se ganó el cariño de la gente con esfuerzo y dedicación, tenía que cantar durante mucho tiempo y golpear muchas puertas para que le dieran la oportunidad de mostrar su talento. Al final, su trabajo dio frutos.

Diomedes Díaz conservó su humildad y su sencillez hasta sus últimos días de vida. Como amigo, padre, hermano, primo y vecino siempre fue una gran persona con un gran corazón.

Por: Diego Báez - Periodista

El día que el vallenato llegó a Estocolmo de la mano de Gabriel García Márquez

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Con la ingenuidad y el asombro de un niño, Gabriel García Márquez ya se estremecía al escuchar un sonido de acordeón y una composición vallenata, pues no podía creer que, en tan cortas letras, se pudieran narrar tantas vivencias, esas mismas que años más tarde serían su inspiración para escribir obras literarias merecedoras de un Premio Nobel.

Gabo, un genio como lo describen quienes le conocieron, uno de los mayores promotores del género vallenato, protagonista de parrandas y de grandes momentos junto a importantes juglares.

"Las historias de esos viejitos son la pluma del alma", decía García Márquez cuando le preguntaban por sus amigos músicos y compositores.

Pasaron los años, Gabriel creció y siguió sin creer cómo esos músicos podían tener tanta capacidad narrativa y descriptiva para plasmar una historia en un verso. Y no fue por nada que hizo un homenaje al género y a su amigo inseparable Rafael Escalona, con una frase que permanece viva en la memoria de los lectores y amantes del vallenato como él: "Cien años de soledad es un vallenato de 350 páginas".

La razón de su pasión por la música es sencilla. La literatura está ligada a los cantos y a los versos, además, como escritor no se hizo en la academia, se hizo por las calles del Magdalena y el Cesar con las historias que por allí se contaban.

Un día cualquiera, Valledupar recibía a Gabriel que llegaba a codearse con la gente del pueblo, quienes fueron testigos de su ascenso cuando empezó vendiendo libros y enciclopedias, pero terminó en las parrandas más importantes con Rafael Escalona, Colacho Mendoza, Leandro Díaz, presidentes y otras personalidades amantes del folclor colombiano.

Pero estos extensos conciertos de historias al son del acordeón no eran en vano, tampoco solo para brindar unos tragos de whisky y compartir un sancocho de chivo, pues fueron estos valiosos momentos en los que Gabo aprovechó para aprender a escuchar historias, aquellas de donde nació la inspiración para sus libros. Por ejemplo, cuentan los expertos que "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada" nació de "La patillalera", composición de Rafa Escalona.

Desde ahí, no dejó de nombrar en sus obras al género vallenato y a algunos exponentes, convirtiéndose en uno de los mayores difusores a nivel internacional.

Aunque mucho se le debe por mencionarlo y escribir columnas en las que, mientras la gente aseguraba que era música corroncha, él la destacaba como una riqueza literaria, hablaba de las narrativas de los juglares, pues admiraba que iban de un lado a otro llevando versos en sus canciones.

Pero más que esas halagadoras palabras, se le debe el nacimiento del Festival de la Leyenda Vallenata, ya que una de sus parrandas por capricho se convirtió en el impulso para formar el que hoy es el encuentro más importante del género y más allá de eso, el inolvidable día cuando el vallenato llegó a Estocolmo.

Octubre 21 de 1982, seis de la mañana, las emisoras retumbaban con la noticia de que Gabriel García Márquez había ganado el Premio Nobel de Literatura. Días después, en su primera entrevista sobre este acontecimiento, el escritor dejó claro que quería recibirlo al ritmo de vallenatos. Las críticas no se hicieron esperar, se pronosticaba un oso histórico de Colombia a escala internacional, se les tildó de tropicalistas, tercermundistas y subdesarrollados.

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Llegó el gran día y una delegación de 60 personas entre músicos, bailarines y amigos de Gabo, entre ellos, Rafael Escalona, Consuelo Araújo, Poncho y Emiliano Zuleta, en representación del género, emprendieron un viaje con las maletas llenas de instrumentos, trajes coloridos, elementos caribeños y, sobre todo, llenos de nervios, pero con una ilusión del tamaño de su talento.

Se subieron en un gigantesco avión Boeing 747, iniciaron un viaje de 20 horas rumbo a Estocolmo, sacaron los instrumentos que tenían a la mano y no dudaron en prender la parranda a 12.000 pies de altura.

Desde que pisaron tierra extranjera, los suecos no podían contener su mirada atónita ante una gran delegación folclórica que llevaba vallenatos, música colombiana y el calor del soleado Caribe a la helada y eterna noche sueca.

Gabo no podía negar que tenía miedo y se había dejado contagiar del tan sonado ridículo, aunque no lo expresara.

Diciembre 10 de 1982, la tan esperada noche para asistir al Banquete del Nobel y prender la parranda ante toda esa gente pomposa, reyes, reinas, cultos y doctos. El Palacio del Ayuntamiento se empezó a llenar y, al mismo tiempo, se iluminó con la magia de Macondo y la alegría inocultable de los colombianos.

El sonido del acordeón empezó a imponerse en compañía de la caja y la guacharaca, mientras que Poncho y Emilianito entonaban sus prodigiosas voces que hacían estremecer, para luego cantar las composiciones de Rafa Escalona y lograr sacar lágrimas con sus maravillosos paseos y merengues.

El helado invierno sueco quedó en el olvido por un momento y los cantos caribeños abrigaron el Palacio, que se llenó de alegría y sabor. Cada vez las palmas y los aplausos retumbaban más fuerte al son de la música y los asistentes no dejaban de ovacionar cada interpretación que se hacía.

Tras hacer historia durante el Banquete del Nobel, los que presagiaban una vergüenza internacional se quedaron sin palabras cuando al otro día de este parrandón leyeron en el más prestigioso, conservador y monárquico periódico de Estocolmo un titular que decía: “Las cosas nunca serán como antes en la Sala Azul del Ayuntamiento. No desde que García Márquez y sus amigos colombianos nos mostraron cómo debe hacerse una fiesta Nobel”.

La llegada del vallenato a Estocolmo fue una parranda sin precedentes. Fue un fenómeno apoteósico, delirante y mágico, el cual seguramente solo sucedió una vez en la vida y fue de la mano de Gabriel García Márquez y grandes juglares del género.

Por: Juliana Moreno Villegas- Periodista 

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