Crónicas

Finales del siglo XIX - 1940
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El verdadero "Grito vagabundo" de Guillermo Buitrago

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Podía ser cualquier hora del día, la temperatura alcanzaba los 33 °C, pero siempre el radio se encendía, se sintonizaba la estación del momento, los radioteatros y las tiendas se llenaban de gente, sus oídos prestaban atención y Ciénaga y sus alrededores se paralizaban; mientras que, detrás del vidrio, se encontraba listo para presentarse en vivo Guillermo Buitrago con la cerveza o el ron en mano, pues nunca le podían faltar en su vida llena de éxitos y excesos.

En 1943, la historia del vallenato se partió en dos gracias a este personaje nacido en medio de la bonanza bananera, cuando los negocios y la cultura florecían. Como si fuera un Rey Midas, todo lo que cantó lo convirtió no solo en oro, sino en éxitos de muchos quilates, lanzando al estrellato a sus autores y transportando su música al interior del país.

Piel blanca, ojos azules, alto, fino, elegante, de corbata y lino blanco, buenmozo, asediado por las mujeres, parrandero y bohemio. Ese era él, el mismo Mono Buitrago, al que nombran como el responsable de sacar del anonimato a Rafael Escalona, Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta y a otros juglares importantes del género.

“Yo quiero pegar un grito y no me dejan, yo quiero pegar un grito vagabundo”

Es imposible leer este famoso estribillo y no cantarlo en la mente con la voz de Buitrago como una de las canciones más antiguas del repertorio colombiano, tema que transporta a momentos familiares y entre amigos, pues con él se ha cantado, bailado y brindado a través de varias generaciones.

Aunque todos los créditos de estas letras se los lleva Guillermo Buitrago, no son de él, ni es el protagonista de la trágica historia que se esconde tras este alegre ritmo.

El verdadero doliente se llamaba Buenaventura Díaz, quien en 1909 se enfermó y empezó a estornudar, pero como no había médicos, su padre empapó dos algodones con ácido fénico y se los metió en las fosas nasales. Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad, pues toda su cara se inflamó y hasta ahí, apenas empezaba la historia de la que nacería una famosa canción.

Como era costumbre en la época, y al no haber más, el joven fue llevado a donde una bruja de la región, la cual aseguró que tenía que dejarlo 20 días con ella para hacerle unos baños y que cobraba 15 pesos por el tratamiento.

Había esperanzas y no existían indicios de querer pegar un grito vagabundo y no poder. Sin embargo, al verse deshinchado en pocos días, se le escapó a la bruja y regresó a su casa. En ese momento, los campesinos empezaron a asegurar que: "el que le robaba a una bruja, la maldición se le devolvía siete veces".

Aunque muchos no les crean a estos trabajadores de la tierra, Buenaventura Díaz fue el ejemplo de la razón que tienen estos hombres tercos, pero con gran inteligencia.

Días después, al joven se le empezó a caer la carne de la cara hasta quedar sin nariz y boca, viéndose totalmente desfigurado y con su dentadura al descubierto.

Como él mismo lo contó alguna vez, estaba enamorado pero las mujeres no lo querían ni aunque tuviera plata y, al no tener más consuelo ni remedio, para desahogar el dolor de su fealdad, decidió escribir la famosa canción inmortalizada por Guillermo Buitrago: "Grito vagabundo", ese que nunca pudo pegar aunque quisiera.

De ahí, esas letras que esconden una trágica historia de complejos han sido tarareadas alrededor del mundo, gracias a esa destreza y ese talento innato del Mono Buitrago para desenvolverse por el aire del paseo acompañado de un estremecedor punteo en guitarra y el sonido de una guacharaca.

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Juan Ceballos, guitarrista de Guillermo Buitrago

Luego de su fama desbordante, gracias a composiciones escritas por otros juglares, muere a los 29 años Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez, el Jilguero de la Sierra Nevada y el trovador del Magdalena. Aunque fue un ídolo con partida prematura, su deceso ha sido un misterio. Se habla de envenenamiento, suicidio, tuberculosis o cirrosis por haber sido tan bebedor.

Ahora, se recuerda con cariño y agradecimiento por la gran obra musical que dejó en su corta vida. Es inolvidable por su elegancia y sus parrandas pero, sobre todo, por ese sonido de las cuerdas de las guitarras que aún vive en la memoria de los colombianos, esas mismas que acompañaron su sublime voz en cada radioteatro, voz con la que interpretó historias reales como la de Buenaventura Díaz.

Por: Juliana Moreno Villegas - Periodista 

Abel Antonio Villa: el maestro que dio clases para vencer a la muerte tocando el acordeón

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El Negro Abel murió dos veces, fue el primero en grabar vallenato y todo un pionero en el género. Esta es su historia.

“Pobrecita madre mía, con mi muerte lo mucho que sufriste, Abel Antonio no muere todavía, Abel Antonio muere cuando Dios lo necesite”. Así reza un fragmento de la canción "Cinco Noches de Velorio", tal vez el tema más famoso del gran juglar Abel Antonio Villa.

Y ocurrió de esta manera por una sencilla razón, el Negro Abel, como le gustaba que lo llamaran, experimentó uno de los sucesos más mágicos en la historia del vallenato: murió dos veces.

Las versiones son muchas y los detalles de la anécdota de la primera muerte cambian con el paso de los años. Julio Oñate Martínez, investigador y periodista cultural, mencionó que la historia de aquel fallecimiento y posterior resurrección no la vivió Abel Antonio, sino otro cantante de la época:

“Siempre se ha especulado mucho con eso. Inclusive algunos investigadores dicen que este episodio lo había vivido Sebastián Guerra en los pueblos del río. Sebastián fue un acordeonero, prácticamente mítico casi con visos de leyenda, a quien Abel Antonio conoció y (luego de escuchar su historia) fue que armó este episodio de su vida”, indicó. Sin embargo, nadie podría desmentir o corroborar esta teoría.

Unos decían que la persona que murió se llamaba Abel, otros afirmaban que el apellido del difunto era Villa. El cuento fue que, en medio de la confusión y las dificultades para dar a conocer los hechos en 1943, el rumor se regó como pólvora y llegó hasta el pueblo natal de Abel Antonio, en Piedras de Moler, en la Ciénaga de Zapayán, en el municipio de Tenerife, cuando todavía existía el Magdalena Grande, y se armó un verdadero revuelo que afectó a toda su familia, en especial a sus padres: Antonio Villa Salas y María del Tránsito Villa Barrios.

En una entrevista concedida al periodista Félix Carrillo Hinojosa, y reproducida en El Espectador, el maestro Villa dilucidó cualquier duda al respecto de la leyenda:

“Es una historia triste y alegre. Resulta que un señor que había muerto en El Banco (Magdalena) tenía el mismo nombre mío. Estaba recién salido de el Ejército y me fui a tocar a unos pueblos. En esa correría duré varios días. No sabía lo que había pasado, cuando llegué a El Banco me enteré de que el alcalde de mi pueblo había puesto un Marconi (telegrama) preguntando si era verdad que el muerto era Abel Antonio, noticia que fue confirmada. Mi familia decidió hacerme las nueve noches, pero al quinto día llegué a donde mi gente, toda cerrada de luto que no salían de su asombro al verme vivo y cantando, esa tristeza fue cambiada por varios días de parranda”.

Además, le sumó nuevos pormenores, en 2004, cuando la revista Semana lo entrevistó:

"Papá era delicado con sus hijos, organizó una búsqueda por los sitios en donde me habían visto, por río y en mula; a los tres días se tranquilizó porque en Magangué le dijeron que había pasado por allí tocando el acordeón, siguió sabana arriba y en San Juan Nepo nos reencontramos y nos quedamos varios días de parranda celebrando mi resurrección, de allí nació la canción".

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Foto: Getty Images - montri13rd
Manos de un viejo acordeonero con anillos

A lo largo de su vida, la muerte siempre lo rodeó, pero él la supo combatir con creatividad y con las notas de su acordeón.

Después de esta experiencia, Villa se vistió por el resto de su vida con alguna prenda blanca, para no olvidar nunca que murió alguna vez producto de las malas lenguas, pero que resucitó y se elevó hasta el Olimpo del vallenato para no perecer jamás, porque a fin de cuentas la verdadera muerte es el olvido.

Todos los que tuvieron la dicha de conocer al maestro saben que fue un dandi, puesto que, antes de su legado musical, su impronta inconfundible fueron sus buenas maneras, sus modales y sobre todo su elegancia.

“Yo creo que Abel fue el acordeonero más elegante que tuvo nuestro folclor. De blanco hasta los pies vestido, con unas guayaberas finas, sus lentes con montura de oro, siempre usando un reloj caro, con una tradicional loción: la Maria Farina Roger Gallet. Él fue el primer acordeonero que usó la toalla, puesto que antes los acordeoneros se secaban el sudor con un pañuelo”, detalló Jaime Pérez Parodi, experto en vallenato que conoció al juglar.

Un año antes de morir, Abel habló al respecto de esto con la periodista Belinda García para Telecaribe y dijo:

“El blanco es paz. Soy negro, pero de alma blanca”.

El papá del acordeón

El juglar fue un verdadero pionero. Fue conocido también como El Padre del Acordeón, su segundo mote.

Luis Enrique Martínez, El Pollo Vallenato, recordó que al principio los acordeoneros andaban solos. Fue Abel Antonio Villa el primero en incorporar al cajero y al guacharaquero en la agrupación para dirigirse a la parranda, pues en esa época, tocaba buscar a los músicos en los distintos pueblos.

Pero el hecho que le otorgó su apodo como El Papá del Acordeón sucedió en 1944, cuando Abel Antonio grabó por primera vez un disco de aires vallenatos con fines comerciales.

El tema escogido fue "Las Cosas de las Mujeres", él le contó a Julio Oñate que este hito se llevó a cabo para el sello discográfico Odeon en el estudio de la Foto Velasco de Barranquilla. Salieron, entonces, múltiples discos en acetato de 78 rpm con el nombre "Abelito Villa con el acompañamiento de Guillermo Buitrago y sus muchachos".

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Foto: Getty Images – TolgaMadan
Viejo tocadiscos sucio con un disco de vinilo

El discípulo de Pacho Rada y Gilberto Bermúdez, el Negro Abel Antonio, murió realmente el 10 de junio de 2006 en Barranquilla, a causa de una falla renal que lo obligaba a hacerse diálisis tres veces por semana.

Abel Antonio nunca le temió a la muerte. Dejó catorce hijos, dos novias, un sinfín de canciones y un legado inconmensurable en el vallenato.

También fue profeta porque en su canción "Cuando Me Muera" dejó consignado:

“Cuando muera que entierren mi cuerpo, pero afuera se queda mi nombre”, tal cual lo dijo, así mismo sucedió.

El 30 de octubre de 2018 el Senado de la República le rindió un homenaje póstumo como reconocimiento de su vida y obra y le entregó a su hija Aída Luz Villa y a su nieto, el también senador Richard Aguilar, una distinción conmemorativa.

El Padre del Acordeón fue un sabio y desde joven miró a los ojos a la muerte para sacar de ella unas notas de inspiración que todavía siguen sonando como eco de su acordeón.

Bien dijo él:

“(La muerte) eso es lo único real que uno tiene. Lo demás es vanidad”.

Por: Felipe Laverde Salamanca - Periodista

'Francisco el hombre' de carne y hueso

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En La Guajira se respira vallenato y no solo porque en sus calles, adornadas de frondosos árboles y tradicionales casas donde las puertas siempre están abiertas, se escucha este género musical, sino porque sus habitantes usualmente tienen una historia, conocen a un compositor, artista o cantante o, simplemente son ellos mismos quienes de una u otra manera están sumergidos en esta expresión cultural.

La lista de nombres de personajes que han tenido algún vínculo con este género es interminable, así como las leyendas que existen alrededor de sus creadores, su origen, el acordeón y un personaje que ha sido todo un misterio, pues todos lo nombran, pero nadie lo ha visto: Francisco Moscote Guerra, más conocido como Francisco El Hombre.

Que era alto, campesino, apuesto, delgado, que tenía familia, vivía solo, tocaba acordeón, que se enfrentó al diablo, cantó el credo al revés o simplemente no existió. Todas estas son versiones que han ido pasando de generación en generación y que hoy todavía se escuchan por las calles de Villanueva, Macho Bayo, Galán, Manaure, Maicao, Taroa, Urumita, Riohacha, entre otros lugares de La Guajira.

 

Tanto fue el auge de 'Francisco El Hombre' que incluso traspasó fronteras cuando en la página 23 del libro Cien años de soledad, Gabriel García Márquez lo describió así:

“Meses después volvió ‘Francisco El Hombre’, un anciano trotamundos de casi 200 años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo. En ellas, ‘Francisco El Hombre’ relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de la ciénaga, de modo que, si alguien tenía un recado que mandar o un acontecimiento que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su repertorio”.

Pero mientras él lo describía como un “anciano trotamundos de casi 200 años”, lo que llevó a relacionarlo con un personaje de ficción, otros defienden la teoría de que fue un personaje real, se enfrentó al diablo en un duelo de acordeones, tocó el credo al revés y se convirtió en el mito fundacional y la génesis de lo que es hoy la música vallenata.

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Álvaro Cuello, gestor cultural y cabeza por muchos años del Festival Francisco El Hombre, que se lleva a cabo cada año en la capital de La Guajira, es uno de los que defiende la teoría de que sí existió, ha hablado con quienes dicen ser sus familiares y para él, sea cual sea la teoría original, va más allá de una leyenda y significa un gran aporte para la cultura vallenata.

“Francisco Moscote Guerra era un guajiro que nació en uno de los corregimientos del sur de Riohacha, en Galán. Murió en Macho Bayo a principios de los años 50 y esto está documentado históricamente. Sus familiares tienen recuerdos idealizados de cómo era, lo definen como un hombre apuesto, inteligente, que tenía extraordinarias facultades para el acordeón y el canto, pero la historia dice que probablemente fue un hombre afrodescendiente dedicado a las faenas del canto, que tuvo la oportunidad de contar con un acordeón, interpretarlo y modular sus primeros acordes”.

Toda música de inspiración folclórica tiene detrás una leyenda y en el vallenato, el relato fundacional más importante es el de Francisco el Hombre, el primer músico con fama que tocaba un acordeón muy rudimentario en el que sacaba sonoridades muy diversas, llegando incluso a imitar animales.

Según cuenta la historia, Francisco Moscote tuvo un encuentro con el diablo y juntos hicieron un duelo con el acordeón. Así lo relata el investigador cultural e historiador guajiro Abel Antonio Medina.

“Su historia se hizo muy importante por un encuentro que tuvo a media noche con un personaje al que nunca vio, simplemente él escuchaba el acordeón y le contestaba porque tenía la certeza de estar oyendo algo que no era de este mundo. Debido a esto cantó el credo al revés, convirtiéndose en la primera piqueria y la más famosa en la historia del vallenato. Su relato simboliza la lucha del hombre del bien conta el mal y cómo se puede por medio del arte vencer la maldad”.

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Su familia aún vive, según cuenta el historiador. Por las calles de Monguí y Macho Bayo se encuentran sus nietos y bisnietos, quienes insisten en que ‘Francisco El Hombre’ era de carne y hueso.

“Por el hecho de ser mencionado en Cien años de soledad muchos creen que es un personaje de ficción. Francisco Moscote Guerra fue un señor hijo de José del Carmen Moscote, su mamá fue Juliana Guerra y algunos de sus descendientes están en la región, ninguno de ellos es músico. Sus restos están en Villa Martín, así que hay suficientes testimonios para demostrar que no fue solo una leyenda, también fue un hombre”.

La historia de Francisco El Hombre ha sido una gran una inspiración para la música folclórica. Sea cual sea el orden de su historia, en La Guajira lo tienen como un referente histórico de lo que hoy es la expresión cultural más importante del departamento. El ser un personaje guajiro lo convierte en motivo de orgullo para los habitantes de la región, quienes alardean de que sus pueblos han hecho el mayor aporte al género musical, pues la mayoría de acordeones, cantantes y compositores nacieron en esta tierra, la tierra que aparentemente pisó en 1849 por primera vez Francisco Moscote Guerra.  

Por: Carolina Vergara López - Periodista    

Alejo Durán, el centro delantero de la música vallenata

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Gilberto Alejandro Durán Díaz, también conocido como El Negro Alejo o simplemente Alejo Durán, fue un reconocido acordeonero, compositor y cantante colombiano de música vallenata.

Nacido en El Paso, Magdalena Grande, tuvo una influencia musical inmensa de sus antepasados y familiares. Su bisabuelo, Pío Durán, era músico e interpretaba el tiple; su abuelo, Juan Bautista Durán Pretel, fue músico, acordeonero y gaitero; su padre, Náfer Donato Durán Mojica, acordeonero; su mamá, Juana Francisca Villareal, fue cantadora de tamboras; su tío, Octavio Mendoza, se destacó por ser compositor y acordeonero, y sus hermanos, Luis Felipe, cantante y Náfer Durán se ha destacado por ser cantautor y acordeonero.

En 1968, ganó el concurso de acordeoneros del primer Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar, convirtiéndose así en el primer Rey Vallenato.

​"Fidelina", "039", "Pedazo de acordeón", "La cachucha bacana", "Guepajé", "Pobre corazón", "Joselina Daza", "Mal de amor", "La candela viva", "Altos del Rosario", "Los campanales" y "Maruja" son solo algunas de las canciones que lo han convertido, a través del tiempo, en un ícono de la cultura vallenata.

Ha sido tanta su influencia que artistas de la talla de Carlos Vives, Moisés Angulo, Rafael Santos, Poncho Zuleta y el mismo Diomedes Díaz han grabado sus canciones y las han llevado a nuevas generaciones.

El Negro Alejo es considerado uno de los más grandes símbolos de la música vallenata. De hecho, en sus múltiples interpretaciones durante su carrera, cultivó todos los aires del género como los son la puya, el paseo, el merengue y el son.

De Alejo Durán se ha dicho mucho y se ha escrito mucho. El ser uno de los pioneros de la música vallenata hace que siempre sea recordado, estudiado y, por supuesto, citado.

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Foto: Colprensa

El periodista Juan Rincón Vanegas ha sido uno de los máximos investigadores del género en Colombia y desde Valledupar, cuna del vallenato, se ha encargado de recopilar datos y estadísticas de Durán al punto de denominarlo en términos futbolísticos como "el centro delantero del vallenato".

El también historiador nacido en Chimichagua, Cesar, recuerda a Alejo Durán como un campesino trabajador, talentoso y de una calidad humana extraordinaria. A nivel de composición, afirma que se caracterizaba por crear canciones de estilo costumbrista, es decir elegía las costumbres típicas de su diario vivir como tema principal a la hora de darle vida a una obra musical.

"Todo lo que componía giraba a su alrededor. Alejo les cantó a las mujeres con nombre propio y a todas las situaciones que rodeaban su vida personal y familiar", comenta Rincón.

Según Juan, "el más grande legado que Durán le dejó a la música vallenata fue su pedazo de acordeón, sus canciones, su humildad y su carisma".

Alejo Durán fue un juglar completo porque cantaba, verseaba, tocaba su acordeón y componía sus canciones. Además, aprendió a tocar caja, violina y guacharaca.

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Foto: Colprensa

Pero, ¿por qué Alejandro Durán es "el centro delantero del vallenato"?

Juan Rincón Vanegas es un hombre que escribe con pasión, pues el vallenato corre por sus venas; es su razón de ser y casi de vivir.

Dentro de sus investigaciones está la unión que se ha tejido entre El Negro Alejo y el número nueve. Historias familiares, musicales, amorosas y culturales hacen parte de esta increíble pero real conexión.

Alejo nació en El Paso, Magdalena, hoy perteneciente al departamento del Cesar, el 9 de febrero de 1919 pasadas las 9:00 de la mañana. Su nombre Alejandro tiene nueve letras y, entre sus apellidos Durán Díaz suman otras nueve. De igual manera, los nombres y apellidos de su madre, Juana Díaz, y de su partera, María Daza, cuentan con nueve letras, respectivamente. Además, El Negro tuvo 25 hijos con 19 mujeres.

Cuando se coronó como primer Rey Vallenato, Durán contaba con 49 años y el 28 de abril de 1968 recibió de manos de Consuelo Araújo Noguera, La Cacica, el premio de cinco mil pesos, cuyo cheque tenía el número 297520 del Banco de Colombia.

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Una de sus canciones más célebres lleva por título "039" y fue la placa de aquel carro famoso que se llevó a Irene, esa morena que lo dejó llorando, según reza la canción.

En su honor, se instaló en Valledupar en 1991 el monumento Pedazo de Acordeón, obra abstraccionista del escultor bogotano Gabriel Beltrán cuya ubicación es la carrera novena con calle 19. Otro homenaje que recibió fue en su tierra El Paso, en donde el Festival Pedazo de Acordeón se creó el 31 de marzo de 1989.

De Alejo Durán quedó su carisma y su imagen. Siempre será recordado por tener puesto su sombrero vueltiao de 29 vueltas. A los 70 años y nueve meses, el 15 de noviembre de 1989, murió el cantante vallenato.

Finalmente, por el legado, la historia y el centenario del natalicio del Rey Negro del Vallenato, 2019 fue denominado el año de Alejo Durán, según lo señala la Ley 1860 del 1 de agosto de 2017.

El Negro Alejo, un juglar auténtico y de pueblo. Jamás en la vida volverá a nacer uno igual.

Por: Diego Báez - Periodista